Feriusha
Estaba sólo durante el desayuno, sentado en la cafetería del Sanatorio Español, un día después de que él nació. No sabía qué demonios era lo que yo sentía, pero creo que se acercaba a la euforia, pero de una especie como suave.
Huevos con tocino, frijoles refritos, tortillas, café y pan dulce para acompañarme, además de un montón de recuerdos de mi vida y de mis seres queridos. Mis padres, mis dos hermanas, mis amigos y la amada madre de mi primogénito. Sólo trataba de entender por qué era tan feliz, pero no por la obviedad que representaba el simple alumbramiento, sino por su verdadero significado para mí.
Concentradamente, trataba de comprender porqué al tener a esa criaturita en mis brazos, aquel vacío existencial que, más que menos, siempre portaba, de pronto estaba completo: “¿Es una respuesta biológica natural..? Pues parece que sí –me respondía. Porque casi todos los que son padres se ponen contentos. Pero este sentimiento es demasiado fuerte.”
Así, me parecía que era una víctima de los clichés que nuestros padres se encargaron de sorrajarnos a manera de chantaje como cuando nos quieren explicar su situación sacrificada y comprometida más allá de la verdadera lección que nos quieren dar: “ya verás cuando seas padre”, “me entenderás lo que te digo cuando tengas a tus hijos…”, pero aún así, no podía dejar de percibir esa explosiva emoción que trataba de deducir en mis razonamientos de banqueta.
La respuesta estaba en el vacío ya cubierto. Entonces, ¿de dónde provenía esa fatuidad y por qué creía, pensaba o sentía yo que estaba solucionada?
Muy jóvenes, cuando nos descubrimos inertes ante el universo, nos atemorizamos y aún sin dejar de ser parte de ese cosmos, nos distinguimos de él. Desde ahí nuestra integridad humana se dispersa, de forma que buscamos reintegrarnos mediante muchos caminos, unos positivos y otros negativos.
Dentro de los positivos esta primero la nuestra familia, pero a veces ellos no nos comprenden y están ocupados tratando de lidiar con su propia vacuidad. Luego los amigos, pero no siempre están o no pueden estar, o simplemente desaparecen, van unos por un tiempo y luego llegan otros por otro tiempo.
Entonces viene lo etéreo, la búsqueda de lo superior, la religión. Pero ésta no siempre se ajusta a la naturaleza humana y parece más represiva que comprensiva y consoladora. Y luego, cuando veo de lo que la humanidad ha hecho y hace por religión, no. No es por ahí.
El amor también parecía ser una puerta y muchos pensadores, filósofos y profetas dicen que es la respuesta. Pero ¿y qué cuando te decepcionan? Por que lamentablemente el amor depende irremediablemente de la correspondencia, de la constancia, del trabajo diario. No es constante y puede derivar.
Entonces ¿qué es lo que nos da motivo de permanecer y continuar?
Al final, siempre me salió que nada, excepto la continuidad de la vida misma. La única razón por la cual aparentemente vale la pena pasar por este universo es dar continuidad a la vida, aunque sólo eso no me ayudaba personalmente a lidiar con el vacío.
Todo lo anterior lo llenaba en alguna medida, pero no completamente y no de forma perenne.
Al llegar este pequeño fue como un golpe de lucidez, me reintegré al universo fácil y, sin darme cuenta, ya estaba ahí.
¿Por qué?
Entendí que desde el momento que nació ese bebé, de mi sentía salir un lazo que a distancia se conectaba con ese otro ser. Yo era él y viceversa. Pero al mismo tiempo esa conexión daba con la continuidad de la vida que antes era ajena, ahora formaba parte de ella
Advertí, en efecto, que el mejor motivo para vivir es la vida misma, pero no porque simplemente estemos allí y ya. No porque somos un accidente curioso de la naturaleza, sino porque estamos ligados a ese proceso perpetuo y esa secuencia conlleva emociones fuertes, es decir, la vida no sólo implica la relación infinita de objetos con otros objetos que se reinventan… para nosotros está esa parte grácil e intangible que nos permite imaginar, sentir, creer, amar. Créeme, esto fue un gran descubrimiento para mí. A partir de entonces valoré la vida y deploré todo lo contrario a ella.
Hoy mi niño tiene dos años y medio, y cada día que pasa, la vida se torna mejor. A través de sus ojos vuelvo a vivir, mediante su risa vuelvo a reír, a ser inocente, transparente. Volver a jugar con juguetes, volver a divagar con la imaginación. Volver a tener esperanza.
Además, recordé a mi padre que tanto extraño, que, estoy seguro, habría sido feliz de ver, cargar y besar a su nieto. Ni modo, no siempre se puede todo.
Pero también recordé a mi madre, de todos los años y esfuerzos que nos dedicó, y de verdad, todos los días pienso en ella. Y todos los días la entiendo mejor. Por eso comprendí que esos clichés eran ciertos, mal usados, pero ciertos.
Ahora, mi vida pende de lo que él representa para mí como vínculo con este universo, en el que el gran reto es hacer de él un ser positivo para él y sus semejantes. Para el desarrollo armónico de la vida.
Huevos con tocino, frijoles refritos, tortillas, café y pan dulce para acompañarme, además de un montón de recuerdos de mi vida y de mis seres queridos. Mis padres, mis dos hermanas, mis amigos y la amada madre de mi primogénito. Sólo trataba de entender por qué era tan feliz, pero no por la obviedad que representaba el simple alumbramiento, sino por su verdadero significado para mí.
Concentradamente, trataba de comprender porqué al tener a esa criaturita en mis brazos, aquel vacío existencial que, más que menos, siempre portaba, de pronto estaba completo: “¿Es una respuesta biológica natural..? Pues parece que sí –me respondía. Porque casi todos los que son padres se ponen contentos. Pero este sentimiento es demasiado fuerte.”
Así, me parecía que era una víctima de los clichés que nuestros padres se encargaron de sorrajarnos a manera de chantaje como cuando nos quieren explicar su situación sacrificada y comprometida más allá de la verdadera lección que nos quieren dar: “ya verás cuando seas padre”, “me entenderás lo que te digo cuando tengas a tus hijos…”, pero aún así, no podía dejar de percibir esa explosiva emoción que trataba de deducir en mis razonamientos de banqueta.
La respuesta estaba en el vacío ya cubierto. Entonces, ¿de dónde provenía esa fatuidad y por qué creía, pensaba o sentía yo que estaba solucionada?
Muy jóvenes, cuando nos descubrimos inertes ante el universo, nos atemorizamos y aún sin dejar de ser parte de ese cosmos, nos distinguimos de él. Desde ahí nuestra integridad humana se dispersa, de forma que buscamos reintegrarnos mediante muchos caminos, unos positivos y otros negativos.
Dentro de los positivos esta primero la nuestra familia, pero a veces ellos no nos comprenden y están ocupados tratando de lidiar con su propia vacuidad. Luego los amigos, pero no siempre están o no pueden estar, o simplemente desaparecen, van unos por un tiempo y luego llegan otros por otro tiempo.
Entonces viene lo etéreo, la búsqueda de lo superior, la religión. Pero ésta no siempre se ajusta a la naturaleza humana y parece más represiva que comprensiva y consoladora. Y luego, cuando veo de lo que la humanidad ha hecho y hace por religión, no. No es por ahí.
El amor también parecía ser una puerta y muchos pensadores, filósofos y profetas dicen que es la respuesta. Pero ¿y qué cuando te decepcionan? Por que lamentablemente el amor depende irremediablemente de la correspondencia, de la constancia, del trabajo diario. No es constante y puede derivar.
Entonces ¿qué es lo que nos da motivo de permanecer y continuar?
Al final, siempre me salió que nada, excepto la continuidad de la vida misma. La única razón por la cual aparentemente vale la pena pasar por este universo es dar continuidad a la vida, aunque sólo eso no me ayudaba personalmente a lidiar con el vacío.
Todo lo anterior lo llenaba en alguna medida, pero no completamente y no de forma perenne.
Al llegar este pequeño fue como un golpe de lucidez, me reintegré al universo fácil y, sin darme cuenta, ya estaba ahí.
¿Por qué?
Entendí que desde el momento que nació ese bebé, de mi sentía salir un lazo que a distancia se conectaba con ese otro ser. Yo era él y viceversa. Pero al mismo tiempo esa conexión daba con la continuidad de la vida que antes era ajena, ahora formaba parte de ella
Advertí, en efecto, que el mejor motivo para vivir es la vida misma, pero no porque simplemente estemos allí y ya. No porque somos un accidente curioso de la naturaleza, sino porque estamos ligados a ese proceso perpetuo y esa secuencia conlleva emociones fuertes, es decir, la vida no sólo implica la relación infinita de objetos con otros objetos que se reinventan… para nosotros está esa parte grácil e intangible que nos permite imaginar, sentir, creer, amar. Créeme, esto fue un gran descubrimiento para mí. A partir de entonces valoré la vida y deploré todo lo contrario a ella.
Hoy mi niño tiene dos años y medio, y cada día que pasa, la vida se torna mejor. A través de sus ojos vuelvo a vivir, mediante su risa vuelvo a reír, a ser inocente, transparente. Volver a jugar con juguetes, volver a divagar con la imaginación. Volver a tener esperanza.
Además, recordé a mi padre que tanto extraño, que, estoy seguro, habría sido feliz de ver, cargar y besar a su nieto. Ni modo, no siempre se puede todo.
Pero también recordé a mi madre, de todos los años y esfuerzos que nos dedicó, y de verdad, todos los días pienso en ella. Y todos los días la entiendo mejor. Por eso comprendí que esos clichés eran ciertos, mal usados, pero ciertos.
Ahora, mi vida pende de lo que él representa para mí como vínculo con este universo, en el que el gran reto es hacer de él un ser positivo para él y sus semejantes. Para el desarrollo armónico de la vida.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home